Por Carlos Hernández Guerrero.
Aquí les comparto mi reflexión de hoy, con los insectos rondando y mientras me rasco impaciente.
No tienen piedad de los que, con un poco de esperanza, andamos obligadamente buscando las oportunidades prometidas para garantizar el sustento, o refugio para nuestro s cuerpos cansados. Perdemos la concentración y llegamos a casa rechinando los dientes de impotencia. Tendremos que agregar que una vez en casa, la escena se repite con la invasión de motocicletas que exceden la velocidad en estruendosos acelerones que casi rompen los vidrios de las ventanas y luego en chillonas bocinas nos ofrecen gas, elotes cocidos o tamales que son arrastrados por un triste caballo que avanza enclenque soportando una cruz que ningún mesías habría elegido. (A pesar de todo me encantan los elotes y los tamales).
Todo esto refleja, además de falta de autoridad para controlarlos, una sociedad irresponsable, altanera y poco digna de cualquier aspiración de justicia. “son unos cuantos”, dirían algunos, “así no somos todos”, dirán otros, al fin “es lo mismo”, les respondería yo. Las actitudes que asumen esos “no pocos” se ven reflejadas de muchas maneras, en acciones con falta de respeto a las autoridades (que tampoco se dan a respetar, finalmente, son ciudadanos que terminan asumiendo los cargos públicos).
El escritor Francisco Hinojosa, nos había compartido, a través de Twitter la reflexión de Guillermo Fadanelli, “El mistral en la Escandón” (El Universal, Agosto 11), comienza con una buena reflexión de Shopenhauer: Hace tiempo que sostengo la opinión de que la cantidad de ruidos que uno puede soportar impasible, está en relación inversa con sus facultades mentales y puede ser considerada por tanto, una medida aproximada de las mismas. No estaremos completamente civilizados hasta que el ruido quede proscrito y nadie se arrogue el derecho de irrumpir en la conciencia de un pensante. Fadanelli termina su reflexión anunciando que, fastidiado por las circunstancias ha decidido abandonar la ciudad “ruidosa hasta la humillación”, sin saber todavía hacia dónde, lo que alguna vez denominé de forma romántica vida de barrio ahora es ruido bestial... no guardo esperanzas de redención pública nos dice con actitud inquebrantable.
Quizás lo que con esto nos quiere dar a entender, es que vivió en experiencia propia la aparición repentina de algún chillido o la presencia fantasmal de un sujeto manejando una máquina podadora, mientras trataba de resolver alguno de sus entrañables capítulos.
Últimamente me ha costado enorme trabajo lograr retomar la noble actividad de la lectura, y más de la escritura, pero el bullicio que se da en nuestras calles y la aparición de estos diminutos insectos (Aedes Aegipty) ha sido elemento, si no definitivo, si importante para interrumpir y apaciguar mis ánimos para conseguir avanzar un par de líneas.
Tengo que manifestar mi admiración para quienes a pesar de todo lo que asemeja a la incursión en nuestros oídos, de un mosquito decidido a atravesar nuestra piel con su minuto popote, pueden permanecer apacibles manteniendo latente su objetivo, inmaculado su deseo de ver culminados sus deseos sin perder la calma. Bien, quizás no sea para tanto.
Imagen tomada de www.fotolog.com
CHG, Agosto, 2014
No hay comentarios:
Publicar un comentario